sábado, 29 de agosto de 2015

REFLEXIONES A PRIMEROS DE SEPTIEMBRE 2015

 

Al doctor Francisco López Herrera. Su muerte significa una pérdida enorme para el derecho nacional. López Herrera representó lo que es un venezolano ejemplar: por su integridad, por su cultura, por sus valores familiares y ciudadanos.

In memoriam


¿EMIGRACIÓN, EXILIO O “EXILIO FAMILIAR”?

Desde que comenzó la diáspora venezolana a primeros del s XXI, coincidente con el inicio de la llamada revolución que lleva el mismo nombre de la centuria, se ha venido diciendo que se trata de que el venezolano – y también el no venezolano que hizo de esta tierra su patria- han resuelto emigrar hacia otros horizontes en busca de mejores opciones.
Por otro lado, y más recientemente, se dice que no es una emigración, sino un exilio e, incluso,  que es un “exilio familiar”.
Cualquier lector preguntará con razón y por qué entrar en esa disquisición cuando el efecto es el mismo: perder a cientos de miles que han resuelto abandonar su terruño.
Veamos la diferencia.
De acuerdo al DRAE, el exilio es la separación de una persona de la tierra en que vive, y se asimila a expatriación generalmente por motivos políticos; y emigración equivale al conjunto de habitantes de un país que trasladan su domicilio a otro por tiempo ilimitado o, en ocasiones, temporalmente.
Como se observa, el exilio implica separarse de un país por motivos políticos, y emigración significa trasladar el domicilio de una persona a otro fuera de su país por tiempo ilimitado o temporal, por cualquier motivo como pueden ser causas económicas o sociales.
En Venezuela, el exilio era frecuente durante las dictaduras que rigieron en los s. XIX y XX. Durante la república civil, se acudió al exilio como pena sustitutiva de la de prisión para facilitar la pacificación del país, para lo que el Congreso Nacional dictó la Ley de conmutación de penas por indulto o extrañamiento del territorio nacional de 1964, en tiempos del Presidente Raúl Leoni, pena a la cual podían acogerse los castro comunistas que habían sido condenados a penas de prisión por los tribunales, ley que se enmarcaba en la Constitución de 1961 que disponía que ningún acto del Poder Público podía establecer la pena de extrañamiento del territorio nacional contra venezolanos, salvo como conmutación de otra pena y a solicitud del mismo reo. Esta disposición es reproducida en forma similar en la Constitución de 1999.
En cuanto a emigración, no era un fenómeno que se presentara en Venezuela, es decir, venezolanos trasladando sus domicilios a otras latitudes, pues nuestro país siempre fue tierra de inmigrantes -muchos de nuestros antepasados lo fueron- que venían de lejanas tierras a “echar raíces” o  “hacer la América” con deseos de superación y de lograr mejores condiciones de vida, los primeros para quedarse y formar hogares y los otros para volver a su tierra natal con el producto de su esfuerzo.
Establecida pues la diferencia, hay que ir a las raíces del problema. Si en una nación existe un permanente “reality show” protagonizado por los gobernantes originando una convulsión política, si hay escasez de productos y medicinas, si hay un grado tal de inseguridad personal que hace que hasta el más valiente se refugie diariamente en su hogar a tempranas horas del anochecer para no ser víctima del hampa, si las fuentes de trabajo se van cerrando paulatinamente y, a todas estas, una inflación galopante junto a una devaluación diaria del signo monetario, están dadas las condiciones para que cualquiera piense en la posibilidad de separarse del país en cuyo caso ese  cualquiera lo que está haciendo es acogiéndose al exilio para escapar de los hechos que le afectan, no trasladando su domicilio a otro sitio.
Por tanto, en el caso de la diáspora venezolana no se trata de emigración sino de exilio; y peor aún porque es un hecho público y notorio que la gran mayoría de los que han escogido la vía del ostracismo, son jóvenes solteros o casados, de todas las clases sociales y con o sin grados universitarios, o simplemente, se van a la “buena de Dios”, lo que coincide con la apreciación del entrañable amigo de este escribidor, Román J. Duque Corredor, en que ese extrañamiento del país constituye un “exilio familiar”, con toda la secuela de dolor y tristeza que abonan los corazones de los que se van y de los que se quedan.
 Para finalizar, el poema de Duque Corredor:
Tu vuelta, sin saber si es con un adiós o con un hasta luego,
sacude mi ser con sollozos que esconden lloros de padre,
por el hijo que regresa porque no halló ni paz ni trabajo,
en donde antes había sosiego y futuro.
Drama y tragedia de padres a los que se le van los hijos
porque en la patria no hay luz en su cielo y solo sombras en su suelo.
Es el exilio del hijo que se va por la desesperanza y la incertidumbre, y porque se aleja y se distancia sin saber su regreso.
Y es el dolor de padres y madres que esperan y esperan que el estar lejos y entre extraños, hagan volver a los hijos que se fueron no por querer irse de ellos, sino por el temor de vivir como vivían.
Exilio familiar que es tambíen de la patria querida,
que como un orfanato se va quedado sola con padres y abuelos.
La Patría con hijos exiliados y padres apartados clama justicia divina y humana, para que su suelo vuelva a ser el hogar de la familia unida y repatriada, sin el dolor de despedidas con adioses y sin hasta luegos.

REPATRACIÓN Y DEPORTACIÓN

En estos días se han producido declaraciones relacionadas con la indignante situación en la frontera colombo-venezolana, y cada quien da un calificativo a la acción gubernamental de poner fuera de territorio venezolano a un indeterminado número de colombianos. Unos dicen que han sido repatriados, otros afirman que deportados, calificativos que parecieran sinónimos, aunque no lo son, a la luz del DRAE (23ª edición) y Larousse  ilustrado (2010).
Conforme al DRAE, repatriación es la acción y efecto de repatriar, del latín tardío repatriare “volver a la patria”, devolver algo o a alguien a su patria”; y el Larousse explica que, en derecho internacional, repatriar significa “devolución de un extranjero al país de origen o canje de esa persona con su patria”.
Respecto a deportación, del latin deportare, según la Academia tiene como primera acepción “desterrar a alguien a un lugar, por lo regular extranjero, y confinarlo allí por razones políticas o como castigo”; y, para el Larousse, deportación es la “pena consistente en trasladar a un condenado a un lugar determinado, normalmente ultramarino” o “internamiento en un campo de concentración situado en el extranjero o en un lugar aislado”.
Como se puede observar, son dos conceptos distintos y, por tanto, pareciera que cabría decir sin temor a equivocación que los ciudadanos que han sido obligados a salir de Venezuela hacia Colombia fueron repatriados, por tratarse de personas que teniendo la nacionalidad colombiana estaban en Venezuela, sin haber obtenido la nacionalidad venezolana, ni gozaban de otros status, como transeúntes o residentes.

EL SEPELIO DE CIERTOS GOBERNANTES

Entre el secretismo y la mentira se mueven los políticos en distintas ocasiones y por razones diversas, pero siempre se consiguen aspectos que, al contrario, lo cubren de toda solemnidad, como es el caso del sepelio de los gobernantes; y es que, hurgando en la red, este escribidor se encontró con el film que contiene el entierro del generalísimo Francisco Franco, en 1975.
En efecto, una vez cumplidas las ceremonias de exposición del cuerpo para ser visitado por miles de españoles, y recibidas las manifestaciones de pesar de parte del cuerpo diplomático y de representantes de los poderes públicos y la nobleza europea afecta al regimen franquista, el ataúd fue trasladado adonde el difunto había acordado que sería enterrado, el monumental Valle de los Caídos, a escasos kilómetros del monasterio de El Escorial, esa maravillosa obra Patrimonio de la Humanidad y Panteón de los Reyes de España.
Pues bien, al momento de bajar la caja mortuoria al sepulcro, un dignatario eclesiástico hizo jurar a tres altos funcionarios sobre el contenido del ataud y para ello les preguntó: 
¿Juráis que el cuerpo contenido en esa caja es el mismo que recibistéis a la puerta del Palacio del Pardo, y que se corresponde con el de su excelencia el Jefe del Estado y generalísimo don Francisco Franco Bahamonde?.
 Obtenida la respuesta afirmativa, se ordenó dar la cristiana sepultura al difunto.
Se nota que los organizadores de los eventos del sepelio de ese mandatario a quien consideraban digno del respeto de la historia, no vacilaron en cubrir todos los aspectos para que la posterioridad no dudara que los restos allí depositados correspondían realmente al fallecido personaje quien con toda seguridad había él mismo organizado su última actividad terrenal, como en otras latitudes lo habían hecho Lenin, Stalin, los dictadores de algunos países del este europeo y hasta Ho Chi Ming y Mao en el Lejano Oriente.
Contrasta todo esto con otros hechos relacionados con la política en las Américas. 
Uno, el del caso de Eva Duarte de Perón, fallecida en 1952 y su cuerpo, luego de embalsamado, tuvo que pasar una serie de peripecias desde su salida de la Argentina a Italia bajo un nombre ficticio, para luego serle entregado a un exiliado Juan Domingo Perón en Madrid, finalizando años después con la entrega del cadáver dañado y mutilado a la familia Duarte para que reposaran en el conocido cementerio de La Recoleta, de Buenos Aires, donde hoy son venerados por turistas y partidarios del peronismo.
Y el otro caso es el del fallecido ex Presidente venezolano Hugo Rafael Chávez Frías, de quien se dice yacen sus restos en distintos lugares, pues unos atribuyen que su deceso ocurrió en La Habana, Cuba, donde supuestamente reposan sus restos en un lugar secreto, mientras que otros alegan que descansa en paz en el Museo Militar de Caracas.
¿Cabría preguntarse por qué no se hizo con Evita o con Chávez un proceso público de sepelio como el de El Caudillo, para que no quedaran flotando en el ambiente misterios y secretos?

LA CARROZA FÚNEBRE, UN FILM DE ALMODÓVAR

Ha suscitado la curiosidad de este escribidor una noticia aparecida en los medios en días recientes en la que se daba cuenta de que fue subastada en Colombia la carroza fúnebre en la que fueron trasladados los restos atribuidos al fallecido Presidente Hugo Rafael Chávez Frías hasta el Museo Militar de Caracas.
Resulta que para el momento en que las autoridades nacionales resuelven anunciar el fallecimiento del difunto, consideraron que no había un vehículo adecuado para ello, por lo que, a través de una funeraria local, localizaron uno con las características deseadas en Colombia e, inmediatamente, se logró un acuerdo que implicaba el préstamo del vehículo y su traslado en un avión militar para las funciones pertinentes, previo el cumplimiento de la exportación aduanera dado que todo se requería con urgencia.
Pasado el ceremonial, el propietario del vehículo empezó a reclamar reiteradamente, sin obtener respuestas claras hasta que, 6 meses después, se le dijo que se la entregarían en una población fronteriza, San Antonio del Táchira, adonde el propietario, ansioso de recuperar su bien, se trasladó para recibirlo, emprendiendo regreso a su país vía Cúcuta; pero he allí la sorpresa: Las autoridades colombianas consideraron que se estaba introduciendo de contrabando una carroza fúnebre, la decomisaron y la subastaron públicamente en USA$ 45,000!!!.
El propietario, totalmente desilusionado y deseoso de tener de nuevo su vehículo no tuvo más remedio que acercarse al adquirente y comprarla otra vez por USA$ 60,000.
A raíz de eso, el propietario de la casa funeraria en Medellín declaró a los medios:
"Nos queda ese sabor amargo de que por prestar un servicio gratuito en un acto casi que patriótico porque se trataba de un momento crítico de la hermana República de Venezuela, y porque necesitaban el vehículo que nosotros teníamos, terminamos en el banquillo de los acusados y en un proceso y nos califiquen casi que de delincuentes”.
Un final inesperado. Un film de Almodóvar.

EL SAMBENITO REDIVIVO

La información que recientemente fue difundida relacionada con la pena impuesta en su jurisdicción por un alcalde a los revendedores de productos regulados, obligándolos a realizar labores sociales -como barrer las calles y plazas- usando una braga especial en la cual se les identifica como “bachaqueros”, ha recordado a este escribidor el sambenito.
El sambenito en sus orígenes fue una especie de saco bendecido por un sacerdote que usaban los cristianos primitivos durante su penitencia. Se colgaban sobre el pecho y la espalda a través de una abertura por donde se metía la cabeza. Los monjes benedictinos, de la orden de San Benito, fundada a comienzos del s. VI, llevaban una vestimenta similar, un ancho escapulario que portaban por encima del hábito al que se le llamó san benito y luego sambenito por aspiración fonética.
En la Edad Media, la Santa Inquisición convirtió los sambenitos en la túnica de la infamia, el símbolo de la humillación pública que los condenados por herejía eran obligados a llevar, generalmente de lana, de color amarillo, estampada con la cruz de San Andrés (que significaba humildad y sufrimiento), pero también con llamas de fuego, demonios y grafías que aludían al tipo de condena a que sería sometido el reo. Además del sambenito, los sentenciados llevaban un gorro cónico o capirote, marcada con los signos de su delito.
Si se compara, el alcalde de marras lo que ha hecho es resucitar la anacrónica y ya olvidada vestimenta y reimplantar, de facto, un sistema punitivo similar al que imponía la Santa Inquisición que, como cuenta la historia, es lo más alejado a los derechos humanos (DDHH) de nuestros tiempos. 
Basta con señalar que la cristiana organización imponía el sambenito para humillar públicamente a los condenados por herejía; y el alcalde ha dicho que, con base en las disposiciones de “convivencia” ciudadana, puede obligar a los revendedores de productos de primera necesidad a satisfacer a la comunidad con el trabajo comunitario, ostentando su sambenito anaranjado.
A la luz de los DDHH de hoy en día, eso, además de siglos de retroceso, es una humillación.

DECEPCIONANTE Y TRÁGICO DIÁLOGO

“¿Quién me mandaría a parirte?”, dijo, a voz en cuello y con enojo,  la madre a la hija, quien en igual condición emocional y con elevados decibeles, le respondió: “Pues yo no te obligué!”.
Estos dichos entre la progenitora y su descendiente no fue grabada clandestinamente con sofisticados instrumentos en una pocilga, sino en el Parque del Este, a la luz del sol y frente a los joggers que a la sazón cumplían  su rutina matutina en ese oasis de paz y sosiego.
Descomposición social? Pérdida de valores? Ignorancia? Stress derivado de la crisis de alimentos y la escasez?
Este escribidor puede decir solamente que fue un decepcionante y trágico diálogo entre madre e hija en el que se puso de manifiesto la carencia de elementales valores familiares: el amor, el respeto, la autoestima, la honestidad, la responsabilidad; y deprimente cuando una amable lectora y amiga, Sylvia Márquez Tami, refiriéndose a los valores, tuvo a bien comentar que se he topado en nuestro país con alguna persona que le ha dicho: “soy honesta, y eso se paga”.

¿Qué deparará el futuro a ambas y a sus descendientes?